Ya por la mañana, recogimos nuestro coche (pedazo pepino de 4x4) y comenzamos nuestra visita a la isla.
Las fumarolas de Seltún, con su olor a azufre, nos parecieron del país de Goomer.
A continuación pusimos rumbo hacia Þingvellir, donde los islandeses se reunían desde el siglo X a debatir sus leyes y a celebrar los juicios. Acudían representantes de todas la isla y las sesiones duraban quince días. Es un lugar mágico, atravesado por la brecha que separa las placas tectónicas americana y euroasiática.
Desde allí fuimos a Geysir, evidentemente a ver géiseres, y no nos defraudó para nada. El viejo Geysir, ya sin fuerza, ha cedido el testigo al joven Strokkur, que así se llama el géiser más activo en la actualidad: cada cinco minutos, o menos, lanza su chorro de agua hacia el cielo.
Antes de ir a Reykjavik, donde dormiremos, pasamos a visitar la cascada de Gullfoss, un prodigio de la naturaleza.

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